Paul Schneider Esteban nació el 19 de agosto de 1983 en Rockford (Illinois) y es sacerdote de la diócesis de Getafe. Llegó a Etiopía en 2017. Su misión transcurre en el Valle de Lagarba, una zona montañosa de difícil acceso. Allí, unas 3.000 familias etíopes viven principalmente de la agricultura. Sus casas son de madera, adobe, paja y el techo de cañas. Para el misionero se trata de un lugar “precioso”, donde se encuentra la Iglesia de San Francisco, fundada hace 130 años por los padres capuchinos. Paul cuenta con sencillez que desde pequeño tenía el deseo de ir a un sitio “que no fuera fácil”, y agradece a Dios que en este lugar de pobreza le esté haciendo muchos “regalos”. El joven misionero muestra una tierra arada donde quiere plantar café, papaya, mango, etc., también flores para adornar la iglesia y sorgo, que es la base de la alimentación. Hay tantas cosas por hacer que a Paul le gustaría meterse en mil proyectos, también de desarrollo (la idea de los cultivos va en esta dirección), pero no se quiere “dejar arrastrar”; porque lo que más quiere es “crecer con ellos como familia, porque ellos son iguales a mí y yo igual a ellos”.

Paul realiza la evangelización por “aproximaciones sencillas, pero que vayan directo al corazón a través del lenguaje, a través de los signos de caridad; los signos que usaría Jesús de palabras y hechos, acciones que vayan muy unidas, y el compartir, que es muy importante aquí”. Como sacerdote de ellos, Paul quiere “hacerse uno como ellos, sintiendo sus angustias y alegrías como propias”, y considera que “este es un buen comienzo”. Y añade: “yo les cuido a ellos lo mejor que puedo y ellos me cuidan a mí”. Para este misionero, la austeridad no ha sido un problema porque ya intentaba vivirla en España, pero le ha costado más acostumbrarse la soledad, “despegarse de los afectos de la gente conocida”. No obstante, siente que Dios le cuida “día a día”.

Para ayudar a la promoción de las mujeres, el misionero prefiere dar ejemplo a los hombres antes que hablar. Cuando ven que el misionero lava su propia ropa a mano o va a por agua o ayuda en las tareas de la casa, “les entra por los ojos”. En Etiopía los hombres están habituados “a vivir para sí mismos” y eso “no es ejemplo de Cristo que da su vida y se pone como servidor y lava los pies a sus discípulos”. Paul subraya que “el Evangelio tiene que entrar a muchos niveles”. Otra de las tareas importantes del misionero, y que le piden a menudo, es la reconciliación de las familias, que no recuperan la paz sin un “mediador”, los ancianos, o una persona de confianza como el misionero, que quiera a ambos.


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Titular: MISION ETIOPIA

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